Julio Pérez era una de esas personas excéntricas, orgullosas, cegadas por el ego e incapaces de amar. Estoy consciente que no comencé con la manera más agradable, pero expongo en primera estancia estas características para que puedan entender el relato, ¡CÓMO LO HABRIA DE LAMENTAR! Era un científico, más exactamente un biólogo, su especialidad eran las aves las cuales estudiaba con esmero casi adicción. El ave favorita de Pérez era el búho, por lo cual conservaba en su casa una inimaginable cantidad de cuadros y esculturas de este animal sombrío que ha sido la figura macabra por excelencia para muchos. Hasta el día de hoy no entiendo cómo Pérez podía tener una novia, una chica fantástica, un poco ingenua pero muy inteligente, la única opción que me queda es pensar que se enamoro de él por su dedicación al trabajo (característica inusual entre los hombres latinoamericanos) y que él la aceptó para que lo dejara de incomodar; en todo caso se llamaba Isabel, nombre dulce que encajaba perfectamente con su forma de ser.
Pérez había hecho de Inglaterra su hogar, había olvidado todo lo que tenía que ver con su tierra natal: la guerrilla, la corrupción, la pobreza. Isabel vivía allí también, trabajaba como secretaria de un tipo gordo, un empresario importante que había venido de México y le dio empleo por su buen manejo del español y el inglés. Un día Isabel se encontraba en la casa de Pérez, esta vez estaba muy decidida y hablaba con autoridad; sin embargo no la suficiente como para doblegar el orgullo de Pérez.
- Debemos casarnos Julio – dijo como si lo hubiera querido expresar hace mucho tiempo – llevamos años esperando y ya es tiempo que cambien las cosas.
Pérez seguía estudiando en su microscopio una muestra de sangre del “bubo scandiacus”, no le importaba lo que le estuviera diciendo su estúpida novia, su vida seguiría siendo igual por siempre.
- ¡No me estas escuchando! Pasas todo el día estudiando los búhos, ¿no te basta con los cinco volúmenes de investigación que has publicado? No puedes seguir así, por favor, te lo pido – Isabel hablaba con desesperación desde el fondo de su corazón.
Pérez seguía indiferente anotando en su libreta amarilla.
- ¡Julio!- gritó con voz ahogada.
- Yo no te necesito, si quieres irte... ¡hazlo! Hay millones de opciones para ti. Mi vida no cambiará por tus suplicas.
- ¿Pero es que no te das cuenta que te estás matando? ¡Mírate! ¡pareces un viejo lunático! no sales, no comes, ¡todos los días te encierras en este cuarto a estudiar los malditos búhos!
- Si no te gusta vete, ya te he dicho que no te necesito.
Pérez era un humano sin corazón, la única persona que lo apreciaba lo trataba de sacar de su prisión psicológica y él se seguía encerrando, ajustando la llave bien fuerte y aferrándose a las barras como un niño con sus juguetes.
- Por favor Julio...te amo, salgamos de aquí – Isabel cambió su tono de voz, ahora lo trataba de convencerlo con palabras dulces pero sinceras, fáciles de fabricar para ella. Pérez se estremeció un poco ante las palabras, después se ajusto los lentes, no renunciaría.
- ¡VETE!
Isabel se quedó parada en la mitad del cuarto, vestía una falda de lino que le llegaba a las rodillas y una camisa blanca, el sol de las cuatro de la tarde se reflejaba en su rostro, se veía hermosa. De pronto salió una pequeña lágrima dorada de su ojo.
- Lamentaras haberlo dicho... ¡LO LAMENTARAS! – después salió y cerró la puerta.
Pérez siguió con su trabajo como si nada hubiera sucedido, su concentración se encontraba enfocada en la muestra que observaba en el microscopio; de pronto escucho un aleteo en la pieza, se paró al instante y busco el animal que producía el sonido. En la mitad de la habitación encontró un pequeño búho, estaba emocionado, pero ¿Cómo había logrado el animal entrar en la habitación? fue a recogerlo cuando sonaron más aleteos en la pieza, se volvió y encontró dos búhos más, esto era extraño, verdaderamente extraño, se dirigió hacia el teléfono para llamar a emergencias cuando otro búho se poso sobre la mesita del teléfono; Pérez se quedo inmóvil, esperando, observando los animales, en su corazón tenía miedo, ¿sería Isabel causa de todo aquello? No, era imposible. De pronto las estatuas y pinturas se empezaron a transfigurar en seres reales, todas empezaron a volar por la habitación, Pérez trató de salir pero no podía, los búhos lo rasguñaron, lo mordieron, se caía por no poder ver nada en aquella masa de alas, se sentía desesperado, las aves le jalaban el pelo, rasgaban su ropa, se estrellaban en su cara. Miedo. Crisis. Pánico. Demencia. Después de cinco minutos por fin pudo llegar a la puerta, la abrió y cerró al instante, la misma puerta por la que había salido Isabel hacia pocos minutos, ¿Seria ella la causa de todo esto? No, era imposible. Se precipito por las escaleras saltando los escalones de a tres hasta llegar a la calle, todas las personas se asustaron al verlo, con la cara rasguñada, la ropa hecha añicos, el pelo alborotado. Salió y corrió sin mirar atrás, corrió por las calles de Londres sin fijarse en los semáforos, esperando que algún conductor desprevenido terminara con su vida, corrió desesperadamente hasta llegar a un callejón oscuro y lleno de basura, se recostó sobre la pared y empezó a pensar. “Todo esto es un sueño, no puede ser verdad, no hay búhos en mi apartamento” estaba recobrando su postura orgullosa e indiferente cuando un ave se poso en su mano, un búho, todos sus pensamientos se vinieron al suelo, y las últimas palabras que tartamudeo fueron:
- Isabel, perdóname ¡LO VOY A LAMENTAR!